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Hombre rodeado por una nube de contenido digital, imagen sobre intoxicación digital

La intoxicación digital

La intoxicación digital y redes infinitas

La «intoxicación digital» que experimentamos no es tanto el resultado de ver «demasiado» sino de estar inmersos en una red de conexiones potencialmente infinitas, cada una de las cuales promete nuevas líneas de fuga, nuevos territorios por investigar.

En este sentido, cada pantalla funciona como un pliegue donde diferentes temporalidades y espacios se doblan sobre sí mismos: en una misma interfaz coexisten el tiempo real de las notificaciones, el tiempo diferido de los mensajes guardados, y el tiempo algorítmico de los contenidos recomendados.

Simultaneidad fragmentada

Internet ofrece una simultaneidad diferente a la del Aleph [1]: podemos presenciar un amanecer en Tokio mientras seguimos en vivo una protesta en París y monitoreamos la bolsa de Nueva York La pantalla de nuestro dispositivo se convierte en un portal donde el tiempo y el espacio se comprimen, permitiéndonos ser testigos de múltiples realidades concurrentes.

En esta danza entre lo infinito y lo finito, las redes sociales emergen como alephs contemporáneos: Instagram nos permite ver simultáneamente el desayuno de un amigo en Barcelona, una boda en Mumbai y un atardecer en Río de Janeiro; TikTok comprime el tiempo en fragmentos de segundos que contienen universos narrativos; Twitter se convierte en un flujo incesante de pensamientos globales simultáneos, mientras que Facebook teje una red de historias personales que se entrelazan en un tapiz infinito de experiencias humanas. YouTube, por su parte, se erige como una biblioteca de Babel audiovisual, donde cada segundo se suben horas de contenido que ningún ser humano podría consumir en toda su vida.

Sin embargo, mientras El Aleph ofrece una visión simultánea, internet nos presenta una simultaneidad fragmentada, mediada por algoritmos y limitada por nuestra capacidad de atención. Esta fragmentación se manifiesta en nuestra forma de consumir información: saltamos entre ventanas, pestañas y aplicaciones en un intento de alcanzar la promesa de totalidad que ofrece internet. Esta, sin embargo, funciona como un espejismo que sostiene nuestra demanda infinita de contenido, de conexión y de presencia. Navegamos, saltamos de enlace en enlace y acumulamos pestañas abiertas en nuestros navegadores, pero la satisfacción se escapa, desplazándose hacia un nuevo contenido, una nueva notificación, un nuevo «me gusta».

El vértigo digital

Borges describe su encuentro con el Aleph como una experiencia abrumadora que amenaza con destruir su cordura. «Sentí vértigo y lloré», confiesa el narrador, «porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural… cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo». De manera similar, la experiencia de navegar por internet provoca un vértigo análogo. El término «infoxicación» describe, precisamente, este estado de saturación cognitiva que nos llena de ansiedad y de angustia. Las notificaciones constantes, el flujo interminable de contenido y la multiplicidad de conversaciones simultáneas: todo contribuye a una sobrecarga de la experiencia de la existencia.

Uno de los obstáculos centrales del narrador en El Aleph es la imposibilidad de traducir su experiencia a palabras: «Lo que vieron mis ojos fue simultáneo; lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es», lamenta Borges. Esta limitación del lenguaje frente a la experiencia total resuena en nuestra incapacidad de procesar y comunicar efectivamente la vastedad de internet. Las palabras clave, los hashtags y los algoritmos de búsqueda son intentos de catalogar y hacer navegable el océano digital, pero inevitablemente fallan en capturar su totalidad.

Internet es un espejo que distorsiona tanto como refleja. Las fake news, la desinformación, los deepfakes y la manipulación algorítmica crean una realidad mediada donde la verdad se vuelve cada vez más esquiva. Si el Aleph es una ventana clara al universo, internet es un caleidoscopio que fragmenta y recombina la realidad según intereses y perspectivas diversos. Y nos confronta con una versión fragmentada y comercializada de la existencia; refuerza nuestros sesgos y limita nuestra capacidad de comprender el mundo en su diversidad, complejidad y profundidad.

Totalidad vs. infinito: lo Otro domesticado por el algoritmo

Si pensamos la totalidad, esta representa el intento del pensamiento por englobar y comprender toda la realidad dentro de un sistema, reduce la alteridad a categorías conocidas. El infinito, en cambio, se manifiesta como aquello que desborda permanentemente nuestra capacidad de comprensión y categorización, especialmente en el encuentro con otro. Esta idea del infinito excede siempre nuestra capacidad de contenerla, contrasta dramáticamente con el pseudo-infinito digital que nos ofrecen las redes sociales. Si bien internet promete una apertura infinita a la alteridad, su lógica algorítmica termina reduciendo al otro y a lo Otro a patrones predecibles y consumibles, transformando la alteridad radical en mera variación de lo mismo. La verdadera experiencia del infinito, que Levinas sitúa en la relación ética con el Otro, se ve así amenazada por una totalización digital que pretende hacer comprensible y manejable toda alteridad.

Atrapados en la promesa digital

Podemos conjeturar que lo digital se configura en esta búsqueda interminable, en un movimiento perpetuo que nunca alcanza su objeto. Cuanto más dependemos de estas gratificaciones instantáneas para sentirnos bien, más vulnerables nos volvemos a la insatisfacción crónica. En esta era digital, todos somos un poco como el narrador de Borges, asomándonos a un infinito que nos seduce y nos abruma. La diferencia es que no podemos alejarnos del sótano y olvidar gradualmente la experiencia, como hace el protagonista del cuento. Vivimos en constante contacto con la red, navegando entre la promesa de la omnisciencia y el vértigo de la sobrecarga cognitiva. Frente a la promesa de infinitud digital, el sujeto no encuentra totalidad sino repetición. La infoxicación no es solo un exceso de información, sino una forma contemporánea de malestar que pone en juego el deseo, el tiempo y la relación con el Otro.


Bibliografía citada y/o consultada

  • Barrio, Fabián C. (2024) Usted se encuentra aquí: De cómo las filosofías clásicas pueden ayudarte a ser un mejor primate en un mundo difícil de comprender” (Deusto) (p. 203). Deusto. Edición de Kindle.
  • Borges, Jorge Luis (1946). El Aleph.
  • Deleuze, Gilles y Guattari, Félix (1980). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-textos.
  • Deleuze, Gilles (1990). «Post-scriptum sobre las sociedades de control» en Conversaciones. Valencia: Pre-textos.
  • Deleuze, Gilles (1989). El Pliegue: Leibniz y el Barroco. Barcelona: Paidós.
  • Levinas, Emmanuel Totalidad e Infinito: Ensayo sobre la exterioridad
  • Manolo Rodríguez, Pablo (2019). Las palabras en las cosas. Saber, poder y subjetivación entre algoritmos y biomoléculas, Buenos Aires: Cactus.
  • [1] El Aleph borgiano se describe como «uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos», una paradoja matemática. «Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América…», escribe Borges, describiendo la experiencia de ver todo simultáneamente.