privacidad e intimidad Hombre marioneta

La confusión entre privacidad e intimidad

La casa (digital) de los pobres

«Así que los actuales avatares del yo en la era de las tecnologías comunicativas deben ser enmarcados en el contexto de lo que podríamos llamar “la privacidad de los pobres” (o sea, de los que no guardan en sus aposentos verdaderas “riquezas” de las que presumir ni informaciones privilegiadas con las que deslumbrar a sus conocidos), aunque tengan que esforzarse en disimular esa penuria manteniendo una aparente opulenta que solo se acredita mediante su exhibición constante. Puesto que en el mundo moderno la privacidad connota a la vez el territorio del yo individual y la esfera de las actividades mercantiles, será fácil de entender que la necesidad perentoria de producción de imágenes del “yo” (no solamente selfies, sino también actualizaciones del perfil en las redes sociales y, en general, puesta al día constante de los lances de la vida privada, comidas en restaurantes, vacaciones en el mar, cumpleaños, eventos sentimentales de pareja y averías del coche) es el resultado de un régimen de caducidad vertiginosa —se diría que casi instantáneo— que puede muy bien comprenderse a través del fenómeno económico de la inflación».

«Pues si caben pocas dudas de que a lo que asistimos en todas estas modas es a una evidente inflación de privacidad (o sea, a una privacidad cada vez más hinchada y proliferante), es quizá menos obvio aunque igualmente cierto que la histérica urgencia con la que cada cual es requerido a renovar la imagen de sí mismo en esas plataformas se debe a la velocidad enloquecida a la que se devalúan estas impressions (a diferencia de los cuadros impresionistas de los hogares burgueses), debido a la inmensa maraña de competidores, con quienes tenemos que medirnos, que hacen lo mismo que nosotros cada segundo».

«En una sociedad como la nuestra, que promueve las relaciones superficiales, efímeras y con poco grado de compromiso, el círculo de los amigos que podemos invitar a nuestras minúsculas viviendas se reduce tan rápidamente como lo hacen los signos de riqueza que en ellas podemos ofrecer a su mirada en un tiempo en el que la transición al “estado de malestar”, el desempleo, la sequía crediticia y la factura de la luz —que ahora ya no cambia de precio cada mes, sino cada minuto— amenazan con la extinción progresiva de las clases medias y su consabida cursilería. Y en esa misma medida —al aumentar la necesidad de disimular la miseria para que la cotización de nuestro perfil en el mercado de los “yoes” no se hunda definitivamente— crecen hasta lo ilimitado las dimensiones de nuestra casa electrónica, es decir, nuestras páginas “privadas” en la red, que no podemos permitirnos que dejen de visitar nuestros “amigos” virtuales, es decir, aquellos a quienes, aunque no les conozcamos, no queremos decepcionar, y nos tenemos que garantizar su aprobación mediante el “me gusta” con el que sancionan las “riquezas” (vacuas, sí, pero mucho menos horteras a nuestros ojos que las viejas figuras de Lladró) que infatigablemente colgamos en sus paredes telemáticas para dar la sensación de que hemos cambiado el mobiliario y renovado la decoración, es decir, de que somos ricos. Incluso aunque no nos alcance para pagar la deuda hipotecaria con el banco, no podemos dejar de pagar esta otra deuda —tan infinita como aquella— que nos exige nuestra empobrecida vida privada, ya que este tipo de merchandising digital, a diferencia del petróleo, es (engañosamente) gratuito e inagotable».

«Así que no podemos tomarnos a broma estas modas, porque las modas suelen ser procedimientos muy serios de configuración de la subjetividad. Y esta, en concreto, al expresar un galopante empobrecimiento de la vida privada —el ya citado Benjamin hablaba certeramente de pobreza de experiencia—, sugiere de paso que este hecho no es sino la otra cara de la pauperización igualmente progresiva de la vida pública. El espacio público se puebla de todas esas identidades inmediatamente caducadas, que lo toman por el escenario en el que desarrollar su drama, llenándolo de lo que, en esa esfera, no debería tener cabida (no es que los políticos también se hagan selfies, es que a veces dudamos de que hagan otra cosa en sus apariciones públicas); y la privacidad vaciada de sentido de quienes se han visto paulatinamente convertidos en empresarios de sí mismos se refleja en la pérdida de contenidos del poder público, tantas veces reducido a la categoría de un servicio —incómodo pero necesario— para la defensa de los intereses privados. La sensación de desamparo y desnudez que así se propaga —emparentada con la que más crudamente padecen cuando llega la noche quienes no tienen casa— ya no tiene que ver con lo privado ni con lo público, sino con la intimidad. Pero de eso hablaremos otro día».

José Luis Pardo Torío (Madrid, 1954) es un filósofo y ensayista español. Catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

Este artículo se publicó originalmente en El País.