El cuerpo del otro: amor, deseo y goce

Nuestra vida es un largo transcurrir entre cuerpos, contactos corporales diversos que organizan lo psíquico nutriéndonos de vivencias. Pienso en la importancia de ser tocados y el contexto en que se despliega el tocar junto a la dimensión del deseo y del goce.

Tomaré el pensamiento de Deleuze con respecto al deseo “…no deseamos nunca a alguien, o algo, deseamos siempre en un conjunto… y toma como ejemplo lo dicho por Marcel Proust  “no deseo a una mujer, deseo a su vez un paisaje que está envuelto en esa mujer, un paisaje que puedo no conocer, y que presiento, de tal suerte que, sino despliego el paisaje que ella envuelve no estaré contento, es decir, mi deseo fracasará, mi deseo quedará insastisfecho”.

“Dicho de otra manera, no hay deseo que no fluya, que no fluya en un agenciamiento, y desear es también construir un agenciamiento, construir un conjunto, el conjunto de una falda, de un rayo de sol…”

El cuerpo del semejante, del otro, aún cuando efímero se vuelve necesario, imprescindible, tanto en el orden de la fantasía y en la realidad.

Así, el otro se pone a existir para nosotros por el deseo, el goce o por el amor. Una búsqueda de otros seres y de agenciamiento de sus cuerpos para el placer, para el amor, en forma transitoria o más o menos duradera.

Darnos un cuerpo es un avatar constante, cotidiano que se pone en expansión y en un amplio abanico de posibilidades:

Algunas veces el dominio pulsional a su turno solicita la posesión del otro, le impone sumisión y a veces servidumbre, otras veces el cuerpo aceptará ser depositario corporal de las sobras de otro cuerpo.

En ocasiones aparece en lo pulsional la dimensión de lo sublime, con una desviación de lo sexual de sus fines, donde el elemento ético se hace presente en medio del fragor de intercambio sensual.

En la misma línea, el cuerpo al abrirse al semejante, se abre a su historia, a sus recuerdos, a su paisaje, la intimidad psíquica acompaña a la intimidad de la carne y ambas intensifican el placer.

Otras veces el cuerpo erógeno es buscado en su capacidad de procurarse placer, se busca la saciedad de los sentidos en la experiencia del placer.

Finalmente, otra forma es donde la expansión narcisista del enamoramiento despliega un territorio magnético donde asoma el éxtasis, donde un “sí” arrobador muchas veces repetido anuncia la proximidad de la entrega, de la fusión con el otro y señala la alegría conmovedora de la intimidad compartida, los cuerpo dicen sí encendidos de deseo, en un sí echado a rodar, todo parece posible. La rutina y la frustración cotidiana han desaparecido, una suerte de magia se vislumbra en el horizonte de la certeza del enamoramiento pleno que tan admirablemente escribe James Joyce en el Monólogo de Molly Bloom:

Traducción de Jorge Luis Borges:

“…y entonces le pedí con los ojos que me pidiera otra vez y entonces me pidió si quería sí para decirle sí mi flor serrana y primero lo abracé sí y encima mío lo agaché para que sintiera mis pechos toda fragancia sí y su corazón como enlo­quecido y sí yo dije sí quiero sí”

Bibliografía citada y/o consultada

El abecedario de Gilles Deleuze. Entrevista con Claire Parnet.

Imagen: http://www.cosimomiorelli.com/dimmi-molly/

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