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Mujer sola en medio de una multitud

La soledad digital

La ilusión del semejante

Vivimos en una época que ha multiplicado hasta el paroxismo las formas de contacto, pero que paradójicamente parece haber dificultado la capacidad de generar lazos. Esta fractura se percibe con mayor crudeza entre quienes han crecido en un mundo ya vertebrado por pantallas y plataformas. Es, quizá, la consecuencia lógica de la expansión extraordinaria de los dispositivos de conexión. ¿Conectarse equivale, por sí mismo, a hacer lazo? ¿La validación equivale al reconocimiento?

Las plataformas actuales ofrecen una circulación ininterrumpida de presencia, pero tienden a privilegiar la relación con el semejante, es decir, una lógica predominantemente imaginaria. El semejante es ese espejo en el que nos medimos, nos comparamos y nos confirmamos. La pregunta, entonces, es qué tipo de lazo se refuerza cuando la mediación técnica privilegia la visibilidad, la inmediatez y la administración del intercambio.

Conexión no es lo mismo que lazo

Las plataformas ofrecen contacto en abundancia. Permiten hablar, mostrarse, reaccionar, seguir, responder, desaparecer, volver, modular la intensidad del intercambio, dosificar la exposición, administrar la distancia. Han vuelto técnicamente posible una circulación ininterrumpida de mensajes, imágenes, comentarios y señales de presencia. Ahora bien, justamente ahí conviene detenerse y preguntar: ¿el lazo puede reducirse a esa circulación?

Podemos pensar que muchas de las formas dominantes tienden a privilegiar la relación con el semejante, la imagen y la cuantificación. El semejante es aquel en quien me veo, me comparo, me mido, me rivalizo, me confirmo o me desconozco: pertenece al registro imaginario; allí se circula entre imágenes, reacciones y reflejos. Y cuando eso sucede, la conexión puede multiplicarse sin que por eso el lazo se vuelva más consistente.

La hiperconexión no elimina el lazo, pero sí puede reorganizarlo de una manera particular: favorece vínculos donde el otro —el semejante— aparece sobre todo como perfil, presencia visible, fuente de reacción o espejo de identificación. No se trata de oponer lo digital a lo presencial, sino de interrogar qué tipo de vínculo se consolida cuando la mediación técnica privilegia la visibilidad, la inmediatez y la administración del intercambio.

Del ‘like’ y sus límites

El fenómeno del like ilustra perfectamente esto. Es inmediato, visible, sumable, comparable, acumulable. Tiene la elegancia cruel de todo lo que puede contarse. Dice algo, desde luego, pero lo dice en el idioma de la validación cuantificada: cuánto valgo, cuánto intereso, cuánto retorno recibe lo que muestro de mí.

Por eso puede producir satisfacción y, sin embargo, dejar intacta la pregunta por el reconocimiento. Porque una cosa es recibir una señal de aprobación y otra muy distinta quedar alojado en una inscripción simbólica. El like no instituye necesariamente un lugar para el sujeto en el deseo del Otro; más bien ofrece una medida visible de aceptación. Y por eso mismo puede multiplicarse.

Si pensamos en el reconocimiento simbólico, este funciona de otro modo. No vale porque devuelva una buena imagen de mí, sino precisamente porque no está nunca completamente asegurado. Supone la mediación del Otro; por eso puede faltar, fallar, llegar torcido, no responder a lo esperado. Y no se reduce a una gratificación, porque no coincide con una confirmación especular. Tiene el espesor de aquello que inscribe al sujeto en una trama de palabra, de deseo, de ley, de historia.

El like, tomado en su forma más pura, empuja en otra dirección: reconduce al sujeto hacia una economía imaginaria del reconocimiento, donde lo decisivo es cómo aparece, cuánto vale su imagen y qué devolución recibe del semejante. No por eso es falso ni irrelevante.

El otro como superficie

La tentación es inmediata: oponer la pantalla a la presencia, la imagen a lo real, lo digital a una experiencia corporal supuestamente más plena. Pero ese camino conduce a una nostalgia de la inmediatez que no es la adecuada, porque no se trata de coincidir con una fenomenología de la presencia ni con una psicología del encuentro inmediato. No es que la experiencia vivida ofreciera, sin resto, una verdad del vínculo.

Tampoco que lo real coincida con el cuerpo biológico, tridimensional. Por el contrario, lo real es lo imposible lógico, y la pulsión debe pensarse —en palabras de Lacan— como el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir. Eso desplaza por completo el problema.

Entonces, qué se pierde cuando la relación pasa cada vez más por la imagen? No se pierde el cuerpo, como si el encuentro presencial garantizara por sí mismo una relación más verdadera. Lo que ocurre, más bien, es que la pantalla tiende a privilegiar aquello del vínculo que puede reducirse a figura o apariencia disponible para la mirada. Y cuando la imagen se vuelve dominante, no desaparecen ni la palabra ni el lazo, pero sí se refuerza una economía particular de la relación: aquella en la que el otro —el semejante— aparece antes que nada como algo visible. El otro importa entonces menos por lo que dice que por cómo aparece; menos por el lugar que ocupa que por el efecto que produce su presencia visible; menos como alteridad que como superficie de identificación, comparación o validación.

De ahí que la hiperconexión pueda producir esa extraña mezcla de saturación y vacío que muchos reconocen sin saber del todo cómo nombrarla. Hay intercambio, reacción, señales, circulación, incluso intensidad afectiva. Y sin embargo algo no termina de alojarse. No porque la tecnología sea en sí misma enemiga del lazo, sino porque sus formas hegemónicas de uso favorecen una economía de relación centrada en la exposición, la comparación y la confirmación imaginaria.

La soledad de los más conectados

Desde esta perspectiva, la soledad contemporánea no aparece como un accidente ni como el efecto secundario de un mal uso de las plataformas. Tiene, más bien, una lógica. Una época puede producir contacto sin producir lazo; puede multiplicar la visibilidad sin ofrecer por eso un lugar. Puede organizar el reconocimiento de tal manera que el sujeto reciba señales permanentes de aprobación y, aun así, no encuentre inscripción. Eso parece estar ocurriendo, al menos en parte, en el modo actual de la hiperconexión. Y esa tendencia no se corrige con educación digital o con aplicaciones mejor diseñadas.

Lo cual no significa que no haya formas de vínculo genuino que convivan con y a través de las plataformas. Significa, más precisamente, que hay una tendencia estructural que empuja en una dirección determinada: aquella en la que el sujeto no se sostiene únicamente en la imagen que recibe de sí mismo, pero es llevado a actuar como si pudiera. Que el semejante no reemplaza al Otro, aunque ocupe cada vez más su lugar. Que la validación no equivale al reconocimiento, y que la conexión no basta para producir lazo. Podemos recordar, también, que no hay subjetividad sin esa dimensión de alteridad que el lenguaje introduce, y que una cultura enteramente volcada a la administración de imágenes corre el riesgo de empobrecer el lugar donde esa alteridad se hace operativa.

Estar solo, entonces, no es solamente no tener a nadie cerca. Es no encontrar un lugar en una trama simbólica que exceda la propia imagen. La pregunta por esa soledad no se responde condenando la tecnología ni idealizando la presencia. Se sostiene —y quizá se trabaja— interrogando qué clase de vínculos estamos produciendo. Esa pregunta no tiene respuesta.

Notas de lectura

Lo imaginario no nombra únicamente el reino de la fantasía o de lo irreal. Nombra el registro del yo, de la imagen y de las identificaciones con el semejante y en él se sitúan la relación especular, la rivalidad y las capturas identificatorias que hacen del yo una función alienada en una imagen en la que se reconoce y se desconoce al mismo tiempo. A la vez, ese registro no posee estatuto por sí solo: lo simbólico, lo imaginario y lo real solo existen articulados, anudados de manera borromea.

El Otro no es el semejante ni una persona cualquiera, sino la encarnadura histórica del lugar del A, puede estar encarnado en alguien, en una trama familiar, en una comunidad o una institución. A nombra el tesoro y batería del significante, es decir, el lugar estructural del lenguaje, antecedente lógico del sujeto. Ⱥ designa ese mismo A en tanto barrado, no completo, tal como entra en juego en la formalización del lazo, y otro es el semejante, en tanto imagen, rival, par identificatorio; pertenece al registro imaginario, no al del Otro. Y luego tenemos el objeto a como causa del deseo.

  • APOLa. (2023). Programa de investigación científica en psicoanálisis.
  • Apertura, Sociedad Psicoanalítica. (2015). Programa de investigación en psicoanálisis.
  • Eidelsztein, A. (2011). Lo simbólico de J. Lacan, o la función del agujero. El Rey Está Desnudo, 2(4), 1–9.
  • Rodríguez Sciutto, C. (2022). Puntuaciones sobre la realidad en la obra de Jacques Lacan. El Rey Está Desnudo, 15(19), 107–125.

Foto de Sanket Gupta en Unsplash


Este artículo forma parte de la serie El malestar contemporáneo, lecturas de fenómenos culturales actuales.