En la era de la hiperconectividad, el cuerpo ya no es solamente un organismo, ni siquiera un soporte simbólico, sino una imagen expuesta, editada, compartida y constantemente mirada. Las redes sociales han transformado radicalmente la relación del sujeto con su cuerpo y con la mirada del Otro. Lejos de tratarse solo de un fenómeno tecnológico o sociológico, esta mutación interpela de lleno al psicoanálisis:
¿Cómo se subjetiva hoy el cuerpo en la escena digital?
Lacan formuló en 1949 su teoría del estadio del espejo como momento estructurante de la constitución del yo: el infans, al capturar su imagen especular, anticipa una forma total del cuerpo que aún no domina motrizmente y se reconoce jubiloso en ella. Pero esta identificación no se completa en la pura relación dual con la imagen: el niño se vuelve hacia el adulto que lo sostiene, hacia quien encarna el gran Otro, buscando ratificación del valor de esa imagen. Este giro hacia el Otro no es secundario sino constitutivo, e inscribe la relación especular desde su origen en la dialéctica con el Otro, marcada por el significante.
Las escenas del dispositivo digital —el selfie, el perfil de Instagram, el video corto— son productos tecnológicamente mediatizados que no devuelven tanto una imagen como una mirada del Otro: la mirada de los demás que ratifica el valor de esa imagen, cuantificada en likes, comentarios y algoritmos.
Pero este Otro no interpela desde la lógica del deseo y la falta simbólica, sino desde el imperativo del mercado que exige mostrarse, exponerse. La relación con la propia imagen ya no se produce por la vía de la identificación simbólica, sino por una lógica pulsional: se mira para ser mirado, se postea para ser consumido. El cuerpo se convierte así en un objeto: objeto mirada, objeto de jouissance, fragmento ofrecido al circuito pulsional que no se satisface sino que se intensifica en la repetición.
Este movimiento no es sin consecuencias. El sujeto hiperconectado queda atrapado en una dinámica superyoica donde emerge el imperativo de gozar: «¡Exprésate!», «¡Sé tú mismo!’, «¡No desaproveches tu potencial!». Pero lejos de producir libertad, este mandato genera nuevas formas de malestar: fatiga, angustia, sensación de insuficiencia constante. La subjetividad se construye entonces no en relación al deseo. El sujeto se empobrece, se vuelve dependiente de la mirada y pierde el acceso a una palabra propia.
Lacan ya señalaba en su enseñanza sobre el discurso capitalista que este «hace desaparecer al sujeto como tal» al establecer una relación directa entre el sujeto y el objeto a, sin mediación del Otro simbólico. En este discurso no hay pérdida, no hay imposibilidad estructural: el objeto parece accesible de manera inmediata, produciendo una ilusión de completud que genera, paradójicamente, más insatisfacción. El sujeto va directo al objeto de jouissance sin mediación alguna.
El psicoanálisis, entonces, se ofrece como un contrapunto. Donde el discurso social propone una continuidad entre el sujeto y el objeto —una supuesta satisfacción inmediata a través del consumo de imágenes y reconocimiento—, el discurso analítico introduce el corte. Allí donde el sujeto se satura de imágenes, el dispositivo analítico propone la discontinuidad, la lectura.
El espacio analítico permite así que el sujeto diga algo más allá de su imagen, que escuche algo más allá del eco de su selfie. En lugar de responder al llamado de la viralidad, responde a una pregunta que le concierne particularmente.
- Lacan, J. (1969-70). El reverso del psicoanálisis (Seminario XVII), clase del 11 de febrero de 1970.
- Lacan, J. Conferencia de Milán (12 de mayo de 1972)
- Lacan, J. (1972-73). Encore (Seminario XX), clase del 16 de enero de 1973.
- Eidelsztein, A. (2004). El discurso capitalista hoy. Buenos Aires: Letra Viva.
Imagen: Artista: Oleg Oprisco, fotógrafo ucraniano conocido por sus composiciones surrealistas y oníricas. Título de la obra: «Masks»
