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Mujeres sobre una píldora

¿Salud mental? Un ideal neoliberal

Los orígenes del concepto: una construcción situada

El concepto de «salud mental», tal como lo conocemos hoy, se consolida en el periodo de posguerra, en un momento en que las instituciones sanitarias y organismos internacionales como la OMS comienzan a formular políticas de prevención, intervención y promoción del bienestar mental. Una genealogía que muestra que no se trata de un término neutro, sino de una construcción situada, vinculada a formas específicas de gobernabilidad de las poblaciones.

Utilizo aquí el término “salud mental” entrecomillado con el fin de destacar su carácter problemático. Lejos de tratarse de una noción neutra o puramente técnica, toda formulación en estos términos implica una dimensión idealizante: el requerimiento de ajustarse a una norma de lo humano. Dicha norma responde a valores epistémicos, sociales e históricos que actúan como dispositivos de normalización.

Dispositivos contemporáneos de normalización

Esta lógica se encuentra encarnada en múltiples dispositivos contemporáneos: desde los sistemas de clasificación diagnóstica como el DSM y la CIE, hasta las políticas de bienestar corporativo o las aplicaciones móviles que prometen regular la ansiedad mediante rutinas adaptativas.

Como señala Eva Illouz (2007): «la creación del DSM coincidió no solo con intereses de una amplia variedad de trabajadores clínicos -psiquiatras, psicólogos clínicos, trabajadores sociales- y compañías aseguradoras que aspiraban a una mayor regulación del campo de la salud mental, sino también con los intereses de la industria farmacéutica, ansiosa por entrar en el mercado de los trastornos emocionales y mentales.» 

La salud mental como ideal neoliberal

Entonces, la noción de salud mental no puede entenderse como un estado estable de equilibrio ni como una meta objetiva. Se trata, más bien, de un nombre contemporáneo del ideal, sostenido por discursos técnicos, administrativos y mediáticos que buscan fijar lo inestable. Si se asume que la salud mental es un ideal, no se trata simplemente de reemplazarlo por otros —como “bienestar emocional”, “resiliencia” o “autonomía afectiva”—, sino de reconocer su condición de construcción simbólica que opera como norma de inclusión/exclusión, de clasificación y de control.

En esta perspectiva, la salud mental no sólo responde a una lógica médica o científica, sino que se inscribe en un discurso neoliberal que convierte al sujeto en empresa de sí mismo: responsable de su equilibrio, su rendimiento emocional y su capacidad de adaptación al entorno.

La pregunta no es cómo alcanzar ese ideal, sino cuáles son sus efectos: ¿Qué formas de malestar quedan deslegitimadas? ¿Qué modos de vida son considerados patológicos? ¿Qué cuerpos no encajan en su marco de referencia?

De ahí que no se trate de definir qué es una “buena” o “mala” salud mental, sino de sostener un discurso que no borre al sujeto en nombre del ideal. Porque cuando este se impone como norma, lo que se obtura es, precisamente, la posibilidad de alojar la particularidad subjetiva.

Más allá del equilibrio interno

Pensar la salud mental desde esta óptica supone cuestionar profundamente nociones como el equilibrio interno, la autonomía psíquica o el desajuste químico. Implica abandonar toda concepción del sujeto como una unidad cerrada o autorregulada. El sujeto no es un sistema que pueda “funcionar bien” mediante una adecuada dosis de fármacos, sino una estructura marcada por la alteridad.

Desde esta perspectiva, la tendencia a medicalizar el malestar representa el borramiento de esta dimensión subjetiva: se sustituye el discurso del sujeto por protocolos y guías clínicas; se silencia el síntoma en lugar de leerlo; se neutraliza lo particular en nombre de una salud mental cuantificable y adaptativa.

Todo ello produce una desubjetivación clínica y política. Es precisamente esta operación la que el psicoanálisis, en su orientación estructural, viene a cuestionar. 

El consumo de psicofármacos como regulación subjetiva

El creciente consumo de psicofármacos no puede explicarse únicamente como respuesta a una supuesta “epidemia de trastornos mentales”, sino como efecto de un dispositivo más amplio de regulación subjetiva: una forma de gestionar el malestar en términos bioquímicos.

En este sentido, la crítica a la medicalización es también una defensa de una clínica que restituya el lugar de la verdad del sujeto, más allá de los imperativos del rendimiento, la resiliencia, el optimismo o la productividad económica. Es decir, más allá de la “maximización del rendimiento y optimización constante de la salud y el bienestar”, como señala la OMS.

Una matización necesaria: el lugar de los psicofármacos

Sin embargo, esta crítica requiere una matización para no caer en una posición que, inadvertidamente, podría resultar perjudicial para quienes padecen sufrimientos severos. La deconstrucción crítica del concepto de «salud mental» no equivale a un rechazo indiscriminado de los tratamientos psicofarmacológicos ni de las intervenciones psiquiátricas que, en determinados contextos clínicos, han demostrado ser no solo efectivas sino necesarias para la supervivencia y el alivio del sufrimiento.

Para personas que atraviesan situaciones de sufrimiento, momentos de crisis donde la palabra se encuentra obturada o cuando el lazo social se ve radicalmente amenazado, los psicofármacos pueden representar una condición de posibilidad para recuperar cierta estabilización que permita, precisamente, el acceso a un espacio de palabra. La cuestión no es, entonces, fármacos sí o no, sino: ¿bajo qué condiciones? ¿con qué acompañamiento? ¿en función de qué lectura del síntoma? ¿al servicio de qué proyecto clínico?

Por una clínica que no borre al sujeto

Una clínica orientada por el psicoanálisis no niega la dimensión del cuerpo ni las intervenciones que pueden operar sobre él, sino que se pregunta: ¿Qué lugar ocupa el sujeto en su tratamiento? ¿Se le restituye la posibilidad de elaborar su malestar o simplemente se lo silencia? ¿El fármaco abre un espacio para la palabra o la clausura?


  • Illouz, E. Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Kats Editores, Madrid, 2007)
  • Lacan, J. El seminario, Libro XXI, Los no incautos yerran (1973-1974) Clase: 15 enero de 1974.
  • Lacan, J. Radiofonía y televisión, Anagrama 1977, Traducción Oscar Masotta
  • Organización Mundial de la Salud (1950). Informe sobre la salud mental en la comunidad. Ginebra