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Silueta fragmentada

El imperativo de mejorar: self-improvement, superyó y la borradura del Otro

En cualquier librería hay una mesa entera dedicada a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. En redes, rutinas matutinas impecables, diarios de gratitud, aplicaciones que llevan la cuenta del sueño, los pasos, el ánimo y los vasos de agua. El mensaje se repite hasta el cansancio: trabaja en ti, mejora, crece. Podría pasar por un interés genuino en el bienestar.

Trabajar sobre «uno mismo» no es una invención reciente, sin embargo, lo nuevo es el tono imperativo, la urgencia, y sobre todo la promesa de que ese trabajo puede completarse, medirse, optimizarse. El self-improvement contemporáneo no se ofrece como una búsqueda: viene armado como un proyecto, con objetivos, métricas y resultados. Lacan corrió al superyó del lugar donde solemos ponerlo: no es la voz moral que prohíbe, sino la instancia que ordena gozar. El superyó de la época exige felicidad, realización, bienestar. Un imperativo disfrazado de cuidado, de amor propio, de «autocuidado». El self-improvement calza perfecto ahí: optimízate, rinde, siéntete pleno. Y como todo imperativo superyoico, no hay manera de satisfacerlo. La meta se corre sola, siempre hay una versión mejor esperando en el horizonte y siempre queda un hábito nuevo por incorporar.

La paradoja del trabajo sobre sí

Alguien llega al trabajo sobre sí porque sufre. Algo no anda, y entonces busca: técnicas, métodos, terapias breves, algo que funcione. El problema es que el mandato que lo empuja a buscar, eso de que tal como eres no alcanzas, es justamente lo que fabrica y sostiene el malestar del que quiere escapar. La solución termina siendo el problema, que es más o menos la definición del síntoma.

Cuanto más trabaja sobre sí, más insuficiente se descubre, porque el estándar de lo que significa estar bien no deja de subir. El mercado no puede permitirse sujetos satisfechos, necesita de esa brecha abierta entre lo que eres y lo que deberías ser.

Foucault ya había descrito algo de esto al hablar de la producción neoliberal del sujeto-empresa. No se trata solamente de que se vendan productos de mejora personal; el sujeto mismo pasa a ser el objeto de su propia empresa de optimización. Byung-Chul Han agrega que la autoexplotación rinde más que la explotación externa porque no encuentra resistencia ni conflicto aparente. No hay contra quién quejarse cuando uno es capitalista y proletario de sí mismo al mismo tiempo, invirtiendo tiempo, dinero y energía en una obra que nunca cierra.

El self-improvement: el sujeto como empresa de sí mismo

La lógica se ve mejor en sus detalles. Las apps de meditación gamifican el bienestar con rachas de días consecutivos, como si la práctica contemplativa se midiera en unidades de productividad; perder la racha da culpa, y la culpa no era exactamente el objetivo de sentarse a respirar. Los diarios de gratitud convierten la reflexión en un ítem más del checklist, con el agregado de que no sentirse agradecido suma una capa de reproche. Y el registro obsesivo de todo (horas de sueño, pasos caminados, calorías, minutos de concentración) termina de convertir la existencia en un conjunto de datos por mejorar.

En el terreno terapéutico esto se traduce en promesas de resultados rápidos, técnicas específicas para problemas específicos, soluciones en ocho sesiones. La terapia pensada como adquisición de herramientas, como entrenamiento emocional, como skill-building. El malestar queda reducido a un déficit de competencias, algo que se subsana con la capacitación adecuada.

La borradura del Otro

El neoliberalismo opera borrando al Otro simbólico, esa dimensión estructural que para Lacan precede al sujeto y lo constituye. En la conferencia de Baltimore, en 1966, Lacan habló del sujeto como inmixión de Otredad: una mezcla en la que los elementos ya no pueden separarse porque, antes de mezclarse, no existían. El sujeto no viene primero y se vincula después. Aparece como efecto de esa trama, del lenguaje y del deseo del Otro, en coordenadas históricas y culturales bien determinadas.

Lo que produce el neoliberalismo va en la dirección contraria: un sujeto ontologizado, individualizado, aislado. Y esa borradura es la que habilita toda la lógica del self-improvement. Si no hay Otro que te constituya, si eres una sustancia autónoma, entonces puedes trabajarte a ti mismo como se trabaja un objeto. Hace falta suponer, además, un sujeto transparente para sí, un yo que se conoce entero y se modifica por actos de voluntad consciente.

Las consecuencias se ven enseguida. Si todo depende de tu voluntad, de tu esfuerzo, de tu constancia con las técnicas, el fracaso es siempre tuyo. Si no lograste meditar todos los días, fue porque no te esforzaste; si la ansiedad sigue ahí, algo habrás hecho mal con los ejercicios. La responsabilidad subjetiva se vuelve absoluta y sin resto: ninguna estructura te determina, ningún Otro te constituye, y ni la historia ni la sociedad tienen nada que decir sobre tu malestar.

El sujeto no es una sustancia

La biologización generalizada, que llegó incluso a una parte del ámbito del psicoanálisis, es funcional a esta ideología. Si existe un yo sustancial que puede ser conocido, medido y optimizado, el mercado infinito de intervenciones que prometen exactamente eso queda plenamente justificado. En Occidente crece la convicción de que la subjetividad coincide con el cuerpo biológico, con la genética, con lo neurológico.

Para Lacan no hay realidad pre-discursiva: el lenguaje estuvo siempre ahí como estructura previa, y no hay núcleo sustancial que pueda trabajarse y mejorarse, porque el sujeto es un efecto: del significante, del Otro, de una lengua que no eligió. Donde el self-improvement promete un yo sólido y completo, el análisis encuentra una falta y una división que están desde el origen. Esa falta no es un déficit que haya que reparar; es la condición misma de posibilidad del deseo.

Si el sujeto es efecto del lenguaje y del discurso y no una cosa localizable, trabajarse a uno mismo como se trabaja un objeto se revela como fantasía. Una fantasía, además, con excelente rendimiento comercial.

Dónde empieza el análisis

Frente al imperativo de la optimización, en mi posición analítica no me alcanza con señalar daños sino a proponer – como planteó Lacan- otra idea del sujeto y de su malestar: no parto del ser sino de la falta-en-ser, no busco fortalecer el yo ni adaptar a nadie a ningún ideal de normalidad o de rendimiento, y no prometo una versión mejorada de nadie.

La clínica que se desprende de ahí apuesta por el síntoma como una formación del inconsciente para leer, la cifra particular de cada quien. Donde las terapias breves ofrecen protocolos y herramientas estandarizadas, el análisis sostiene que cada caso es único y que no hay manual aplicable, porque el inconsciente no funciona según las leyes de la optimización. Apunta, si acaso, a que algo de la particularidad de cada uno, algo del deseo, alcance a aparecer por fuera de los ideales y los mandatos de la época.

Optimizarse sin descanso no es cuidarse. Es el síntoma de una época que hizo del sujeto una sustancia y de esa sustancia un negocio. El análisis no promete la próxima versión de ti; empieza donde esa promesa se rompe.

Este artículo forma parte de la serie El malestar contemporáneo, lecturas lacanianas de fenómenos culturales actuales.