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Hoja de un libro

«Jouissance» de Lacan: ¿goce o gozo? Traducción y clínica

La ‘jouissance’ en Lacan como enigma conceptual y lingüístico

El concepto de jouissance ocupa un lugar central en el corpus teórico de Jacques Lacan. Su dificultad no reside tanto en la abstracción de su formulación sino en su traducción, especialmente al castellano. Esto afecta directamente la comprensión, transmisión y aplicación clínica de una de las ideas más potentes del psicoanálisis lacaniano. La elección de una traducción sobre otra puede abrir o cerrar vías de entendimiento hacia una noción que analiza la subjetividad humana, allí donde el placer colinda con el sufrimiento y el deseo se encuentra con lo imposible.

Este artículo analiza la proposición de traducir el término francés jouissance como «gozo», en detrimento de la versión más extendida y casi consagrada de «goce». Para ello, emprenderemos un recorrido que parte de un análisis etimológico para luego pensar las múltiples dimensiones que Lacan atribuyó a este concepto: desde la satisfacción de la pulsión hasta su manifestación como exceso, sufrimiento y síntoma. Finalmente, reflexionaremos sobre la pertinencia de esta elección terminológica para capturar las facetas más radicales del concepto, como el gozo femenino o místico, y su relevancia para la práctica psicoanalítica contemporánea.

El análisis comenzará, por tanto, abordando el núcleo del problema que motiva estas notas: la disyuntiva terminológica entre “gozo” y “goce”, una elección que, como veremos, tiene implicaciones teóricas y clínicas. Dicho de otro modo: el punto de partida es simple, pero no menor: “Gozo” o “goce” no es una elección neutra.

El dilema de la traducción: “gozo” frente a “goce”

En el campo del psicoanálisis, la elección terminológica posee una importancia estratégica. Una traducción precisa no es un ejercicio de purismo lingüístico, sino una condición necesaria para capturar la esencia de conceptos que operan en las fronteras de lo decible y de la experiencia subjetiva. El caso de la jouissance lacaniana es paradigmático, pues su traducción determina en gran medida el horizonte de sentido desde el cual se aproximan a él tanto clínicos como teóricos.

Raíces divergentes

Para comprender la disyuntiva, es interesante rastrear el origen de los términos. El verbo francés jouir posee una rica historia semántica. Ya en 1112 significaba «regocijar», y a lo largo de los siglos fue adquiriendo matices complejos. En 1580, Montaigne lo utiliza con el sentido de «beneficiarse de alguna preeminencia», y más tarde, La Fontaine lo emplea en un sentido más moderno, pero siempre conservando una amplitud que trasciende el placer sexual.

Por su parte, el término castellano “gozo” deriva directamente del latín gaudentia. Su uso en la lengua española ha sido constante y consistente, manteniendo siempre el sentido de «regocijar», como se puede constatar en autores clásicos como Berceo. A diferencia de otras palabras, su raíz no se solapa con la de gustus (gusto), lo que le confiere una identidad semántica propia y bien definida desde sus orígenes.

La insuficiencia del término “goce”

A pesar de que el uso de “goce” como traducción de jouissance está «casi aquilatado y ha cuajado» entre la mayoría de los traductores, su elección resulta conceptualmente limitada. En el castellano contemporáneo, y así lo recogen diccionarios como el de María Moliner, “goce” se define como «la acción de gozar», es decir, la sensación de placer y, particularmente, el placer sexual. Esta acepción reduce drásticamente el campo semántico que Lacan le atribuye a la jouissance, un concepto que va mucho más allá del placer de los órganos y que, de hecho, a menudo se sitúa en sus antípodas. Limitar la jouissance al “goce” es aplanar su paradoja fundamental y perder su capacidad para describir fenómenos que involucran el sufrimiento y el exceso.

La idoneidad argumentada del “gozo”

Frente a la limitación de “goce”, el término “gozo” emerge como una alternativa más adecuada y semánticamente rica. Los argumentos a su favor son sólidos y se basan tanto en su definición como en su uso histórico:

  • Intensidad y exceso: “gozo” no solo denota placer, sino también una intensidad que desborda al sujeto. Se define como un «sentimiento de alegría y placer que se experimenta con una cosa que impresiona intensamente los sentidos». Un ejemplo de ello es la descripción de «la llamada menuda que produce la leña seca al arder». Esta cualidad de exceso queda perfectamente ilustrada en el Quijote de Cervantes, cuando se describe a un caballero «tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo». Aquí, el gozo es una fuerza que amenaza con romper los límites del propio ser.
  • Connotación de riesgo: históricamente, el término ya contenía una dimensión de peligro o desafío, un matiz fundamental en la jouissance lacaniana. Un antiguo refrán aragonés del siglo XIV lo expresa de manera contundente: «qui no ha que temer, no ha que godir» (quien no tiene qué temer, no tiene de qué gozar). Esta sabiduría popular ya vinculaba la experiencia del gozo a la superación de un límite o a la confrontación con un riesgo.

Estos matices —intensidad, exceso y riesgo— hacen de “gozo” una palabra que captura con mayor fidelidad la complejidad del concepto lacaniano, permitiendo una transición más clara del debate terminológico al análisis de sus implicaciones teóricas.

Más allá del placer: Las dimensiones del gozo en la teoría de Lacan

Una vez establecida la preferencia por el término “gozo”, es decisivo analizar cómo Lacan lo eleva de una palabra del lenguaje común a un concepto psicoanalítico fundamental. En su obra, el gozo rompe radicalmente con la idea freudiana de placer como simple bienestar o reducción de la tensión (Lustprinzip). Lacan lo sitúa precisamente en el «más allá del principio del placer», transformándolo en el eje de una economía subjetiva mucho más compleja y paradójica.

Gozo, deseo y síntoma

Lacan articula el gozo como la satisfacción de la pulsión, la cual está intrínsecamente ligada al deseo inconsciente. Sin embargo, esta satisfacción es problemática, ya que su realización completa es estructuralmente imposible para el sujeto hablante. Es precisamente en este punto de imposibilidad donde el gozo encuentra una vía de escape, una realización parcial y a menudo dolorosa que culmina en el síntoma. El síntoma, desde esta perspectiva, no es solo un malestar a eliminar, sino una forma particular y constante en la que el sujeto encuentra su gozo, una satisfacción paradójica que lo define y lo estructura.

La paradoja del exceso y el sufrimiento

La naturaleza del gozo es fundamentalmente paradójica. Se trata de una satisfacción que, al transgredir el principio del placer, se vuelve indistinguible del sufrimiento. La expresión castellana «no caber en sí de gozo» ilustra a la perfección esta dimensión de exceso. Es un placer tan intenso que desborda al sujeto, que amenaza su integridad y su homeostasis. Este gozo no busca la tranquilidad, sino una intensidad que puede llevar al límite la sensibilidad artística, afectiva o corporal, a menudo con un alto coste..

Del gozo fálico al gozo del Otro

Lacan no habla de un gozo único, sino que distingue diferentes modalidades en expresiones tan precisas como variadas: gozo absoluto, del Otro, prohibido, fálico, suplementario, entre otras. El más fundamental es el gozo fálico, que es aquel que está limitado y regulado por la ley simbólica y la función del falo como significante del deseo.

Sin embargo, Lacan postula también la existencia de un gozo del Otro, cuya conceptualización es esencial. Este término no se refiere a una sola cosa, sino que describe dos fenómenos distintos que no deben confundirse:

  • Por un lado, cuando el Otro abusa y desborda sin que medie la función de la ley, su gozo nos aliena; es un gozo transgresor y avasallante.
  • Por otro lado, está la condición estructural del sujeto en el lenguaje: la ley y la lengua nos sujetan, y es en este sometimiento al orden simbólico donde se nos queda el «sujeto sujetado». Esta segunda modalidad no es un abuso, sino la condición misma de existencia del sujeto del inconsciente, cuyo gozo queda mediado por los significantes del Otro.

La reflexión sobre estas modalidades de gozo, desde la satisfacción sintomática hasta la alienación y sujeción en el Otro, conduce necesariamente a su manifestación más enigmática: el gozo suplementario.

Las fronteras del gozo: lo femenino, lo místico y lo suplementario

La conceptualización del gozo en la obra de Lacan surge de su intento por pensar una lógica que no esté enteramente sometida a la función fálica. Este esfuerzo lo lleva a reflexionar sobre dos terrenos que históricamente han desafiado la lógica patriarcal y universalizante: el discurso de lo femenino y la experiencia mística. Es aquí donde emerge la noción de un gozo «otro», no como opuesto, sino como suplementario.

El gozo suplementario: un ‘plus’ no complementario

Lacan define el gozo femenino como un gozo suplementario. Esta idea puede ilustrarse, para su mejor comprensión en castellano, con una metáfora: no hay más que medias naranjas, porque no hay dos mitades que encajen bien, no hay naranja entera que sea posible entre el hombre y la mujer.

Este gozo no es el complemento del gozo fálico; no es la «otra mitad» que completa un todo. Es un «un «suplemento» que existe además del gozo fálico, al que las mujeres también tienen acceso. Es un gozo que no se puede contar ni universalizar, que se sitúa en la lógica del «no-todo» frente a la lógica de «lo Uno», de lo universal, que rige el gozo fálico. Es algo que no puede ser dicho en su totalidad, pero que se siente.</p>

La vía mística como acceso al Otro gozo

Lacan encuentra una conexión profunda entre este gozo suplementario y el discurso de los místicos. Señala que en la mayoría de ellos su experiencia extática se sitúa precisamente en la vertiente de la Otredad. La experiencia mística es un intento de dar cuenta de un gozo que desborda el lenguaje y el cuerpo. Con su característica ironía, Lacan insiste en que sus propios Escritos pertenecen al género de las «yaculaciones místicas», reconociendo en su propia escritura un esfuerzo por bordear ese gozo.

El “plus-de-jouir” y su resonancia marxista

Para dar cuenta de este «plus» del gozo, Lacan acuña el término plus-de-jouir y establece una analogía con el concepto de plusvalía de Karl Marx. Así como la plusvalía es el valor excedente generado por el trabajador del que se apropia el capitalista, el plus-de-jouir es una ganancia de gozo que se produce en la renuncia pulsional que impone el lenguaje. La analogía sirve para entender el gozo no como una posesión natural o un simple placer sexual, sino como la «construcción oculta de un fenómeno de superficie», un excedente que se genera en la propia estructura del deseo y la ley.

El análisis de estas fronteras nos prepara para analizar la relación final y estructural que define al gozo: su vínculo con lo imposible.

El gozo y lo imposible: angustia y el mandato divino

La teoría lacaniana del gozo reside en su relación intrínseca con lo imposible. No hay concepto que ilustre mejor esta paradoja que el análisis que Lacan hace del mandato divino tal como aparece en el Eclesiastés, una escena que revela la estructura misma del gozo y su consecuencia más directa: la angustia.

Lacan se detiene en la orden que Dios le da al hombre: «¡Goza!» (en francés, Jouis!). Este mandato, aparentemente una invitación a la plenitud encierra una trampa estructural. La brillantez del análisis lacaniano radica en señalar el juego de palabras homofónico en francés entre el imperativo divino y la única respuesta posible del sujeto. Ante la orden de gozar, el sujeto no puede hacer otra cosa que acusar recibo, responder: J’ouis, que suena idéntico, pero significa «oigo».

Esta homofonía revela la imposibilidad estructural de cumplir con la orden. El gozo no puede ser alcanzado por mandato. En el momento en que se ordena, se desvanece como posibilidad directa. El sujeto, ante la exigencia de gozar, solo puede repetir el ruido de la voz del Otro, confirmar que ha oído la orden, pero sin poder responder a ella con el acto mismo.

Es precisamente en este desfase, en esta imposibilidad de responder adecuadamente a la demanda del Otro, donde Lacan sitúa uno de los orígenes de la angustia. La orden «¡Goza!» no produce gozo, sino que confronta al sujeto con su propia impotencia y con la fuente de una exigencia imposible de satisfacer, generando angustia.

La vigencia del gozo como relación con lo imposible

Desde la lectura de los autores Gárate, I., & Marinas, J. M. (2003) “gozo” lacaniano es un concepto que desafía cualquier definición simplificadora. No es sinónimo de placer ni de orgasmo, sino una noción compleja y paradójica que articula el deseo, el exceso, el sufrimiento y los límites constitutivos del sujeto. 

Como señalan los autores, para el público hispanohablante: la traducción del término francés jouissance como “gozo” resulta semántica y conceptualmente más rica y precisa que la alternativa de “goce”. “Gozo” conserva las resonancias de intensidad, desborde y riesgo que son esenciales para comprender la propuesta de Lacan en toda su radicalidad.

Considero que la pertinencia de este concepto se mantiene intacta porque nombra una dimensión fundamental de la experiencia humana. El gozo no es un estado alcanzable o una meta a la que aspirar, sino una tensión perpetua. Su relevancia para el psicoanálisis y para pensar la condición humana reside precisamente en esta idea final: «la cuestión del gozo se mantiene siempre como relación con lo imposible».

Lecturas recomendadas:

Gárate, I., & Marinas, J. M. (2003). Lacan en español: Breviario de lectura. Biblioteca Nueva