Vivimos encerrados en nuestra piel. Ella nos separa del mundo y, al mismo tiempo, es nuestro único punto de contacto con lo real. ¿Qué hay debajo de esta superficie que nos define? ¿Qué secreto guardan las capas más profundas de nuestro ser? Paul Valéry intuyó algo fundamental: lo más profundo no está en las honduras del alma, sino precisamente ahí, en ese límite que nos contiene y nos expone.La piel es una bendición y un velo: de ella nace casi todo lo que sentimos. La piel nos mima, nos cuida, nos protege.
Paul Valery anotó, con su aguda penetración psicológica, que lo más profundo es la piel. Sin embargo, bajo ella late un mundo subterráneo: oscuro, primigenio y refinadamente cruel, cómo sólo pueden serlo los niños.
Se ama ante todo con la piel, qué duda cabe. Por eso el amor exige desnudarse y no desnudarse al mismo tiempo: tras los muchos ropajes está el velo.
Los antropólogos han destacado que en ciertas culturas antiguas existía un saber secreto que sólo las madres podían transmitir, porque sólo podía decirse a los niños en el lenguaje de las mujeres: en ciertas condiciones excepcionales es posible arrancarse la piel y hacer el amor en carne viva.
Con el paso del tiempo, en la pubertad, ellos cruzaban el río del olvido. Ellas, en cambio, conservaban el secreto para los futuros niños. Algunas, a veces, atravesaban la frontera.
