Un recorrido por las posiciones subjetivas en la economía del deseo
¿Qué es la pulsión?
- Un saber que no comporta el menor conocimiento
- Una demanda articulada a significantes (S◊D)
- Un montaje artificial (como un collage surrealista)
- La forma de designar al sujeto del inconsciente en el inconsciente
- Aquello que representa la sexualidad en el inconsciente
La articulación de la pulsión como circuito gramatical constituye una de las novedades fundamentales del planteo de Jacques Lacan. Subvierte la noción freudiana de la pulsión como impulso corporal o energía. No constituye un empuje energético hacia la satisfacción, sino que articula la relación del sujeto con el objeto a y con el Otro en una estructura compleja que Lacan denomina «circuito pulsional»: un montaje entre el sujeto y el Otro que se pone en acto mediante una gramática particular.
Lo que mueve al sujeto no es, entonces, una energía (axiomática que Lacan recusa), sino una falta estructural producida por el significante. Siguiendo a Alfredo Eidelsztein, la pulsión es un montaje gramatical y acéfalo: no tiene sujeto propio, no emana de un interior psíquico individual. Su circuito es transindividual —del lado del Gran Otro— y se pone en marcha sobre el viviente a partir de la articulación significante, no a partir del organismo biológico. El objeto a es el resto irreductible que queda de la operación S(A̸) por la cual el sujeto se constituye en el campo del Otro (A). Cuando el sujeto emerge como sujeto barrado algo se pierde necesariamente: eso es el objeto a, residuo que queda cuando el sujeto se inscribe en el orden simbólico, en su entrada al lenguaje.
Esta operación es el punto de partida que determina que, en lo sucesivo, el sujeto ($) y el objeto a (el resto) se sitúen del mismo lado —el lado objetivo de la barra—, ambos del lado del Otro. Sin embargo, el objeto a no se sitúa sólo «del mismo lado que el sujeto» en un plano diádico. El objeto a es el resto que cae de la operación S(A̸) —la falla del Otro—, y si bien emerge en el campo del Otro, es también aquello que el sujeto es para el Otro: su causa de deseo. El objeto a no puede reducirse a un elemento estático de un lado de la barra; es el pivote mismo de la relación entre el sujeto y el Otro.
El objeto a como causa del deseo: no es aquello hacia lo que se dirige el deseo, sino lo que lo causa. El objeto a es el motor del deseo precisamente porque es lo perdido, lo que falta. El fantasma (montaje) estructura el deseo a partir de esta relación del sujeto con su resto perdido. El objeto a es lo que el sujeto no tiene —el resto de una operación significante— y, al mismo tiempo, la única garantía de la alteridad del Otro: es lo que hace al Gran Otro radicalmente otro, lo que impide que el Otro se reduzca a un mero espejo imaginario. Dicho de otro modo: el objeto a es aquello irreductible que el Otro no puede capturar en el significante, el punto exacto donde el Otro no es todo, donde falla.
El montaje escénico
El circuito pulsional implica una escena donde intervienen tres términos estructurales: el sujeto, el Otro y el objeto a. El sujeto no ocupa una posición fija, sino que la pulsión se articula específicamente según tres voces gramaticales: activa, reflexiva y pasiva. El circuito se completa al poner en juego alguno de los objetos parciales que determinan la posición del sujeto respecto al Otro y al objeto. Lacan desarrolla fundamentalmente cuatro —invocante, anal, oral y escópico— que corresponden cada uno a un borde corporal y a una relación específica con la pérdida y la constitución del sujeto. Sin embargo, la serie no está cerrada: el propio Lacan menciona en «Subversión del sujeto…» el espasmo como objeto vinculado a la erogeneidad respiratoria, zona que reconoce como «mal estudiada».
- La voz activa: el sujeto realiza la acción sobre el Otro.
- La voz reflexiva: el sujeto se toma a sí mismo como objeto.
- La voz pasiva: el sujeto se ofrece a la acción del Otro.
La fijación —en términos freudianos— es entendida por Lacan como la prevalencia de alguna de estas tres voces en cada caso particular. Desde la perspectiva de Eidelsztein, es importante precisar que esta fijación no debe leerse como una «fijación del yo» en un sentido psicológico evolutivo: se trata de una posición del sujeto dividido en su relación con la demanda del Otro (D), es decir, una fijación en el circuito (S barrado ◇ D). No es el yo quien se fija, sino el sujeto del inconsciente en su relación estructural con la demanda del Gran Otro.
El objeto oral: incorporación y demanda
Tomando el ejemplo del objeto oral, la articulación gramatical de la dialéctica pulsional sería la siguiente:
- Voz activa: «alimentar» al Otro
- Voz reflexiva: «alimentarse» a sí mismo
- Voz pasiva: «hacerse alimentar» por el Otro
El objeto anal: don y control
El objeto anal es prototipo del don, de aquello que el sujeto puede dar o retener en su relación con el Otro. Las heces son el primer «objeto» que el niño puede ofrecer o negar a la demanda parental, estableciendo así un primer territorio de control.
- Voz activa: «dar» al Otro
- Voz reflexiva: «retener» para sí
- Voz pasiva: «ser evacuado», «ser expulsado»
El objeto escópico: la mirada y el deseo
La mirada, como objeto pulsional, introduce una dimensión fundamental: no se trata del órgano del ojo, sino de la mirada como objeto perdido que causa el deseo. Lacan distingue entre el ojo (órgano de la visión) y la mirada (objeto que escapa a lo visible pero que determina el campo del deseo). En el Seminario XI, Lacan desarrolla cómo el sujeto se constituye bajo la mirada del Otro, pero también cómo esa mirada puede convertirse en objeto pulsional.
- Voz activa: «mirar» al Otro
- Voz reflexiva: «mirarse» a sí mismo
- Voz pasiva: «ser mirado» por el Otro
El objeto invocante y el significante
La voz como objeto pulsional no es el sonido, sino esa dimensión del significante que resuena más allá del sentido: es la voz del Otro que interpela, la voz propia que no reconocemos como nuestra. Lacan introduce este objeto tardíamente en su enseñanza; en la voz se juega la relación del sujeto con el lenguaje y con la ley.
- Voz activa: «hablar» al Otro
- Voz reflexiva: «hablarse» a sí mismo
- Voz pasiva: «hacerse oír» por el Otro
Estas articulaciones entre voces y objetos, más allá del ejercicio teórico, organizan las escenas sintomáticas del sujeto y ofrecen herramientas de lectura clínica fundamentales. El síntoma, desde esta perspectiva, no es un «trastorno» a eliminar, sino una formación que revela la posición del sujeto en su economía pulsional: una posición estructural del sujeto en relación al Otro: una posición localizable en el circuito pulsional (S barrado ◇ D).
La lectura del síntoma desde las voces pulsionales permite:
- Identificar la posición del sujeto en su relación estructural con la demanda del Otro (D)
- Localizar el objeto pulsional en juego
- Reconocer las oscilaciones entre diferentes voces como parte de la estructura sintomática
- Evitar la reducción del síntoma a una disfunción comportamental
- Orientar la intervención analítica hacia un desplazamiento en las posiciones pulsionales, más que hacia una adaptación normativa
El recorrido por las voces de la pulsión aplicadas a los cuatro objetos pulsionales revela la complejidad estructural de la posición subjetiva. Lejos de constituir categorías rígidas, estas articulaciones muestran la movilidad inherente a la posición del sujeto: el sujeto no está fijado en una única modalidad pulsional, sino que oscila, se desplaza, retorna sobre sus propias huellas. Cuando se usa el término «economía libidinal», se lo hace en el sentido estructural-lacaniano: la libido no designa aquí ninguna energía cuantificable de origen freudiano, sino aquello que Lacan redefine como la laminilla —el órgano irreal de la vida—, la dimensión que bordea el vacío del objeto a sin poder capturarlo.
Esta lectura permite leer el síntoma como una formación significante que revela la posición del sujeto respecto al objeto y al Otro. El trabajo analítico busca permitirle reconocer su posición, desplegarla en el discurso y, eventualmente, desplazarse hacia otras modalidades menos mortificantes de su relación con el deseo.
El objeto respiratorio: una propuesta de ampliación
Alfredo Eidelsztein propone ampliar la serie lacaniana de objetos pulsionales para incluir la pulsión respiratoria. Su argumentación parte de dos constataciones fundamentales: por un lado, Lacan mismo señala en «Subversión del sujeto…» que existe un desinterés por el estudio de la erogeneidad respiratoria y que ésta está mal estudiada»; por otro, la clínica psicoanalítica presenta casos donde lo más particular del padecimiento nunca puede esclarecerse si se circunscribe exclusivamente a las cuatro pulsiones reconocidas (oral, anal, escópica e invocante).
La propuesta de Eidelsztein no surge de la observación de síntomas respiratorios ni de la clínica de las impulsiones, sino de la clínica de la pulsión en sentido estricto: aquella que interroga la localización del sujeto del inconsciente en el inconsciente, pregunta que sólo adviene bajo transferencia analítica establecida y en posición de analizante. Esta propuesta parte del principio de que la pulsión no emana del cuerpo biológico sino de la articulación significante sobre el viviente: por eso puede haber un objeto pulsional respiratorio sin que eso implique un origen orgánico-somático. El organismo no es el punto de partida; lo es el lenguaje que lo atraviesa.
La posición subjetiva y el goce del Otro
En última instancia, el esquema de las voces pulsionales nos recuerda que el sujeto del inconsciente no es un «yo» autónomo y transparente, sino un efecto del lenguaje atravesado por la pulsión. La clínica psicoanalítica opera en esa intersección: donde el significante trabaja, donde la demanda tropieza con el deseo, donde el sujeto intenta escribir, una y otra vez, su posición respecto a una insatisfacción que lo constituye.
Esta insatisfacción es la estructura misma del deseo. El padecimiento del sujeto comporta una paradoja: aquello que sufre en su cuerpo no es su goce, sino el goce del Otro. Y es importante precisar aquí: el goce del Otro no es el goce de otra persona, de un individuo concreto que le hace sufrir al sujeto. Es el goce que el Gran Otro —el orden simbólico, el lenguaje, la red de significantes que antecede al hablante— produce en el cuerpo del hablante. El goce está del lado del Otro incluso cuando el sujeto lo experimenta como propio, como algo íntimamente suyo: es un goce que el sujeto porta pero que no inaugura.
La labor analítica busca propiciar un desplazamiento en la posición del sujeto que permita rectificar las condiciones de satisfacción en la escena pulsional.
Se trata de que el sujeto pueda advenir allí donde antes sólo había «eso» (wo Es war, soll Ich werden): pero el sentido de esta frase, en la lectura de Lacan y Eidelsztein, no es que el yo consciente conquiste territorio al ello, como se ha leído en la tradición freudiana estándar. Se trata de otra operación: que el sujeto advenga —como sujeto dividido, — allí donde antes sólo había el ello del Otro, el goce inarticulado del Gran Otro. Es una operación de separación del sujeto respecto del goce del Otro, no de conquista yoica sobre el inconsciente. Un cambio de posición que modifica su relación con el goce y con el Otro.
Referencias bibliográficas
- Eidelsztein, A. (2020, 9 de enero). La pulsión en psicoanálisis y la pulsión respiratoria. https://eidelszteinalfredo.com.ar/la-pulsion-en-psicoanalisis-y-la-pulsion-respiratoria/
- Lacan, J. (1960/2008). Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano. En Escritos 2. Siglo XXI Editores.
- Lacan, J. (1960-1964/2008). Posición del inconsciente. En Escritos 2. Siglo XXI Editores.
- Lacan, J. (1964/2008). Del Trieb de Freud y del deseo del psicoanalista. En Escritos 2. Siglo XXI Editores.
- Lacan, J. (1964/2006). El Seminario. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós.
- Lacan, J. (1968-1969/2008). El Seminario. Libro 16: De un Otro al otro. Paidós.
Imagen: Collage 406 by kimama
Un recorrido por las posiciones subjetivas en la economía del deseo