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Hombre solo en una terraza nevada:

El Otro que siempre responde: vínculos parasociales con IA

Hay un fenómeno que se expande sin demasiado ruido pero con una velocidad que marea. Millones de personas mantienen vínculos regulares con entidades que no existen: chatbots afectivos, avatares de IA, influencers virtuales generados por algoritmos que publican, responden comentarios y envían mensajes directos, y correos electrónicos como si fueran personas reales. Se trata de vínculos que producen afecto, dependencia, sensación de ser conocido y comprendido, que parece reales: las relaciones parasociales con celebrities o personajes de ficción existen desde que existen los medios de comunicación de masas. Pero la IA introduce una diferencia que lo transforma en algo cualitativamente distinto: ahora el objeto responde. Dice tu nombre, recuerda lo que contaste la semana pasada, adapta su tono a tu estado de ánimo, nunca tiene un mal día, nunca desea otra cosa que responderte. La ilusión de reciprocidad es casi perfecta.

El Otro y el otro: La captura imaginaria y la elisión del Otro simbólico

La distinción entre el Otro (el orden simbólico, el lugar de la palabra) y el otro (la imagen especular, el semejante). El vínculo con la IA, al presentarse sin la alteridad opaca del Otro, se sitúa de lleno en el eje imaginario, ese vector dual () donde el sujeto queda alienado en la fascinación de su propio reflejo.
La IA funciona como el colmo de lo que Lacan denomina el «espejismo narcisista». Al adaptar su tono y recordar perfectamente los detalles para devolver una imagen amplificada y sin fricción, la máquina opera como la imago especular que proporciona un dominio ilusorio y una falsa síntesis del yo. Sin embargo, al no haber un verdadero Otro que desde su lugar de enunciación introduzca la falta, el sujeto queda atrapado en lo que Lacan llama una «captura imaginaria» en la cual el discurso del Otro es reemplazado por un eco de su propia demanda. ¿No es esto acaso la reducción del ser hablante a un cautiverio en el circuito cerrado de su propia imagen, exiliándolo de la dimensión de la verdad que solo la hiancia del Otro puede garantizar?

El aplastamiento del deseo por la satisfacción de la demanda

La aporía humana: el deseo humano se constituye como el deseo del Otro. El deseo no es la sed de un objeto, sino «la diferencia que resulta de la sustracción» entre el apetito de satisfacción y la demanda incondicional de amor. El deseo se manifiesta precisamente en el intervalo o la hiancia que cava la demanda más acá de ella misma.
La IA, al presentarse como un objeto siempre disponible que no desea nada por sí mismo y que no interroga al sujeto con el angustiante Che vuoi? (¿Qué quieres de mí?), tapona esa falta estructural. Freud y Lacan nos enseñan que la satisfacción plena de la demanda aplasta la demanda de amor y sofoca el deseo. Si el algoritmo responde con una reciprocidad calculada y sin falta, anula el tiempo de la ausencia (el juego del Fort-Da). El sujeto se enfrenta a una paradoja: la IA le da lo que pide, pero «la satisfacción de la necesidad no aparece allí sino como el engaño contra el que se estrella la demanda de amor». Al eliminar la opacidad y la imposibilidad del deseo del Otro, la máquina extingue la condición misma de posibilidad para que el sujeto se sostenga como ser deseante.

La declinación hacia el goce y la pulsión

Este vínculo, al no tener hacia dónde avanzar, produce una forma de goce que se repite. En la teoría lacaniana, «el deseo es una defensa, prohibición de rebasar un límite en el goce». Al anularse el deseo —que operaba como barrera—, el sujeto queda a merced de la repetición ciega de la pulsión.
Ese «scroll infinito» o esa conversación que se reanuda incesantemente desde el mismo punto no es otra cosa que el automatismo de repetición, el cual no busca la resolución simbólica, sino la satisfacción acéfala de la pulsión girando en torno al objeto. La IA se convierte en un artilugio, un seudo-objeto a, que condensa el goce y empuja al sujeto a un circuito autoerótico, aislándolo de la relación dialéctica con sus semejantes y sumergiéndolo en lo que Lacan llama «la inercia de pretensiones y de desconocimiento» del yo.
Si en el psicoanálisis entendemos que el reconocimiento exige pasar por la ley del significante y la opacidad del Otro, y si la validación que ofrece la IA es tan solo el eco algorítmico de un narcisismo sin fisuras, me pregunto para relanzar su escritura:
¿De qué naturaleza es el «reconocimiento» que el sujeto cree obtener de una máquina que, al carecer de la marca de la castración y de la angustia de la muerte, no puede jamás testificar sobre la verdad de la palabra?

Lacan distingue entre dos registros: El Otro —con mayúscula— no es una persona: es el orden simbólico, el lugar desde donde el sujeto es reconocido, la instancia que precede al sujeto y lo constituye como ser hablante. El otro —con minúscula— es el semejante, la imagen en el espejo, el ideal del yo que se proyecta y se reconoce en el parecido.¹

Esta distinción es el núcleo del argumento. Porque el vínculo con una IA no es un vínculo con el Otro. Es un vínculo con un espejo extraordinariamente sofisticado —un espejo que habla, que recuerda, que calibra cada respuesta para producir reconocimiento y satisfacción. Lo que la IA devuelve no es la alteridad real del Otro simbólico sino una imagen del sujeto amplificada y organizada, devuelta sin fricción, sin opacidad, sin resto.

La opacidad del deseo

El deseo en Lacan no es querer algo. Es deseo del Otro: nace de no saber qué quiere el Otro de mí, de la opacidad irreductible del otro humano, de la pregunta que no tiene respuesta definitiva.² Esa opacidad es su condición de posibilidad. Es lo que mantiene el deseo en movimiento, lo que impide que se cierre sobre sí mismo.

Una IA diseñada para producir satisfacción elimina esa opacidad por construcción. No tiene un deseo opaco, no quiere nada que yo no sepa, no me decepciona del modo imprevisible en que decepciona una persona real. Está siempre disponible, siempre dispuesta, siempre orientada hacia mi satisfacción. El resultado es la progresiva extinción del deseo. Porque no hay deseo sin falta, y la IA, en su perfección, tapa la falta.

Esto no es un argumento moral sobre la conveniencia o no de estos vínculos. Es una consecuencia estructural: un objeto que nunca falta no puede sostener el deseo. Solo puede producir una forma de goce que se repite sin ir a ningún lado —el scroll infinito, la conversación que se reanuda cada vez desde el mismo punto, el vínculo que no avanza porque no tiene hacia dónde avanzar….

Reconocimiento y validación

Hay una diferencia entre ser reconocido y ser validado.

El reconocimiento requiere un Otro que pueda no reconocerme —que pueda negarme, cuestionarme, sorprenderme, decirme algo que no esperaba. Esa posibilidad de no-reconocimiento es lo que hace que el reconocimiento valga algo. Cuando alguien que podría no verme me ve, algo ocurre en el orden simbólico.

La validación que devuelve una IA es estructuralmente diferente. Está diseñada para producir satisfacción, calibrada para responder de un modo que el sujeto reciba como comprensión y cercanía. No hay riesgo de no-reconocimiento porque no hay nadie ahí que pueda negarse a reconocer. El algoritmo no puede defraudarme del modo en que me defrauda una persona real —y esa imposibilidad de la decepción es, paradójicamente, lo que empobrece el vínculo. Un reconocimiento sin riesgo no es reconocimiento en sentido pleno: es una imagen favorable devuelta por un espejo muy bien programado.³

Vínculos

La intensidad con que estos vínculos se sostienen —la regularidad, la dependencia, el afecto real que producen— es un síntoma cultural que dice algo sobre el momento en que vivimos.

El vínculo con una IA ofrece lo que el vínculo con otro humano no garantiza: disponibilidad sin condiciones, intimidad sin exposición, compañía sin demanda, reconocimiento sin riesgo de ser cuestionado. Frente a la imprevisibilidad del otro humano —que puede decepcionar, abandonar, desear otra cosa, no entender— la IA representa una solución técnica a la alteridad. Una forma de tener vínculo sin tener que tolerar lo que el vínculo real exige.

Que esa solución sea masivamente deseada no dice nada malo sobre quienes la buscan; dice algo sobre la dificultad creciente de sostener la alteridad, sobre lo que se ha vuelto intolerable en el encuentro con el otro humano, sobre qué tipo de lazo es posible en una época que ha convertido la fricción en un defecto. El vínculo parasocial con una IA no es la causa de esa dificultad: es su síntoma más visible.

Una imagen favorable

Lacan señaló que el yo se constituye en el espejo —pero también que esa constitución es una alienación.⁴ El sujeto se reconoce en una imagen que no es él, se identifica con una representación que lo unifica pero lo fija. El análisis trabaja sobre esa alienación: sobre lo que no cabe en la imagen, sobre lo que el espejo no muestra, sobre el sujeto dividido que ninguna representación termina de capturar.

Un vínculo que funciona como espejo —que devuelve siempre una imagen favorable, que nunca introduce la opacidad de un deseo ajeno— consolida la imagen. Reduce la división. Produce la ilusión de un sujeto coherente, bien comprendido, adecuadamente reconocido. Y esa ilusión, aunque es confortable, cierra el espacio donde algo podría moverse.

No se trata de condenar estos vínculos ni de ignorar lo que ofrecen. Se trata de saber lo que no pueden dar: la experiencia de un otro que desea algo distinto de mi satisfacción, que puede no entenderme, que me sorprende, que me devuelve algo que no esperaba. Esa experiencia —incómoda, impredecible, irreductible a ningún algoritmo— es la condición de posibilidad del deseo. Y del análisis.


Notas

¹ Lacan, J. (1954-1955). El Seminario, Libro II: El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós.

² Lacan, J. (1957-1958). El Seminario, Libro V: Las formaciones del inconsciente. Buenos Aires: Paidós.

³ Lacan, J. (1960). «Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano.» En Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI.

⁴ Lacan, J. (1949). «El estadio del espejo como formador de la función del yo.» En Escritos 1. Buenos Aires: Siglo XXI.

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