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Malestar contemporáneo, ansiedad y angustia

Ansiedad y angustia: diferencias desde el psicoanálisis

Ansiedad vs. angustia: ¿por qué la prisa no nos calma?

¿Cuál es la diferencia entre ansiedad y angustia? Aunque a menudo usamos estos términos como sinónimos, desde el psicoanálisis designan experiencias radicalmente distintas. Comprender esta diferencia resulta fundamental para entender ciertas formas del malestar contemporáneo.

La ansiedad nos empuja a la acción, al movimiento perpetuo, a la prisa. Nos mantiene ocupados para no pensar, para no sentir. La angustia, en cambio, nos detiene y nos confronta con un vacío que no se puede llenar con actividad frenética.

Como señala Fernando Martín Aduriz, la ansiedad es la “tarjeta de presentación” de un malestar más profundo que no queremos escuchar. José María Álvarez describe al sujeto ansioso contemporáneo como “incapaz de esperar y falto de decisión para elegir, esclavo de las comunicaciones vertiginosas y vacías”.

En este artículo analizaremos las características de la subjetividad ansiosa actual, la diferencia fundamental entre ansiedad y angustia, y por qué, como dice Luciano Lutereau, “de la ansiedad uno se salva cuando aprende a flotar”.

Ansiedad, prisa y subjetividad contemporánea

Lo que caracteriza a la subjetividad contemporánea es la ansiedad que nos lleva a hacer cosas y la prisa. Pero ese hacer no aplaca la ansiedad; todo lo contrario, la potencia. La prisa también puede ser pensada como una defensa con la que intentamos atenuar nuestra angustia: al estar en perpetuo movimiento, evitamos detenernos a reflexionar.

La ansiedad es la “tarjeta de presentación”, como señala Aduriz, de un malestar que no se sabe, pero que siempre dice algo sobre el sujeto: algo que trata de ignorar y que haría bien en detenerse a escuchar.

Entonces, la angustia se produce topológicamente en el yo, pero es una señal que no se dirige de ninguna manera al yo sino, en realidad, al sujeto.

En palabras de José María Álvarez, el sujeto ansioso es aquel “incapaz de esperar y falto de decisión para elegir, esclavo de las comunicaciones vertiginosas y vacías, náufrago del deseo y abrasado por la instantaneidad del goce solitario, sujeto frenético que se agita en mil actividades para escapar de la llamada de atención de la angustia, de la interpelación que acompaña a la ansiedad”.

De manera similar, Zygmunt Bauman señala que la inestabilidad, la inseguridad y las vacilaciones en las relaciones personales, laborales, amorosas y en prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida, junto con la tendencia a la inmediatez y a vivir en un presente continuo, son algunas de las señas de identidad de nuestro tiempo.

Con cada vez menos asideros firmes a los que aferrarse, a veces es inevitable mirar hacia abajo y vislumbrar el vacío que acecha al fondo. Es entonces cuando entra en escena la angustia, ese “huésped desconocido el cual todos llevamos dentro”, como escribe Fernando Martín Aduriz.

La angustia no es la ansiedad

Sobre todo cuando sentimos que el mundo no está ahí, nos angustiamos. La angustia es muy diferente de la ansiedad, pues nos confronta con un conflicto interior, con la posibilidad de un cambio interno y, sobre todo, con la necesidad de reinventar el mundo para que tenga sentido.

Algo tengo que hacer, claro, pero no voy a resolverlo evadiéndome ansiosamente.

Luciano Lutereau lo formula de un modo muy preciso: “De la ansiedad uno se salva cuando aprende a flotar: se advierte que quedarse quieto no necesariamente hunde, no hace falta sostén, el mundo sigue estando ahí, no se cayó nada, es un ratito nomás”.

En consecuencia, los “remedios” que utilizamos habitualmente para calmar y anestesiar la ansiedad, haciendo oídos sordos a esa angustia de fondo que reclama nuestra atención, pueden acabar generando más problemas que beneficios.

“La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas”, escribe Sigmund Freud.

Fernando Martín Aduriz señala que la ansiedad es simplemente “un envoltorio”, un embalaje que hay que desenvolver lentamente para ver qué contiene en cada caso. Esta apelación a la lentitud, a tomarse las cosas con calma, tiene en sí misma un efecto ansiolítico. Esta forma de lectura del malestar se vincula con el modo en que trabajo desde el psicoanálisis.

La lentitud como antídoto: cuando pararse es el camino

La diferencia entre ansiedad y angustia no es solo terminológica: marca dos formas radicalmente distintas de relacionarnos con el malestar. La ansiedad nos empuja a huir; la angustia nos invita a detenernos.

Vivimos en una sociedad que privilegia la velocidad, la productividad y el hacer constante. Pero, como hemos visto, esa prisa es muchas veces una defensa que genera más problemas que beneficios. Los “remedios” que utilizamos para anestesiar la ansiedad —la hiperactividad, el consumo, las distracciones infinitas— no hacen más que potenciarla.

La angustia, en cambio, aunque incómoda, señala hacia algo importante que necesita ser escuchado. Como decía Freud, unas pocas palabras bondadosas pueden ser más eficaces que cualquier medicamento.

Desenvolver lentamente el envoltorio de la ansiedad, aprender a flotar, tomarse las cosas con calma: quizá sea esto lo único que realmente nos calme.

Ansiedad y angustia

Ansiedad:

Empuja a la acción. Funciona como defensa. Huye del vacío. Potencia el malestar. Requiere movimiento.

Angustia:

Obliga a detenerse. Funciona como señal. Confronta con el vacío. Señala el conflicto. Requiere lectura.


Bibliografía

Bauman, Z. y Tester, K. (2002). La ambivalencia de la modernidad y otras conversaciones. Barcelona: Paidós. Lutereau, Luciano (2020). Textos publicados en su página personal. Martín Aduriz, Fernando (2018). La ansiedad que no cesa. Xoroi Ediciones, Colección +Otra. Miller, Jacques-Alain (2018). La angustia. Introducción al Seminario X de Jacques Lacan. RBA Libros. Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2019; 39(135): 263-266. DOI: 10.4321/S021157352019000100014. Rodríguez Ponte, Ricardo E. Sobre una versión crítica del Seminario 10 de Jacques Lacan, L’angoisse, y nuestra traducción. Escuela Freudiana de Buenos Aires.