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En la puerta de la eternidad de Van Gogh, 1890

El duelo y sus implicaciones éticas: reflexiones de Jean Allouch

Meses después de fallecer su psicoanalista, ella creyó encontrarlo en un momento y lugar inesperados: lo vio allí, sentado en la cafetería de Muntaner que solía frecuentar. Aunque parecía una hazaña imposible hallarlo en ese sitio, su presencia, su vitalidad, la envolvió por completo, provocándole una sorpresa abrumadora que desencadenó en ella una profunda alegría. Solo requirió de una sutil semejanza entre la imagen que observó en ese instante y la que guardaba de él en su memoria para que ese encuentro se volviera posible; un fugaz destello en su rostro le recordaba al hombre que alguna vez fue, una insinuación apenas perceptible de su perfil de antaño. Un latido repentino la invadió ante la aparición inesperada y súbita de la posibilidad de un reencuentro.

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Los discursos actuales y en particular la psicología clínica ha desarrollado la noción de un «duelo normal», prescribiendo tareas y etapas por las que debe pasar una persona en duelo, invadiendo así ese ámbito privado e individual del duelo, despojándolo de su potencial político y acallando sus implicaciones éticas. La idea de un duelo normal cumple una función disciplinaria y normativa en tanto obliga a la persona en duelo a encajar en un proceso preestablecido de elaboración individual de la pérdida, sin importar las circunstancias particulares, de esta manera se descontextualiza y despolitiza la experiencia del duelo.

En el campo del psicoanálisis, una voz singular emergió con una claridad provocadora y una perspicacia que desafió las convenciones establecidas por el psicoanálisis actual. Jean Allouch, en su obra titulada Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca (1995)[1], trazó un camino intelectual audaz que condujo hacia una valoración radical de la noción del duelo.

Allouch propuso una revisión de la metapsicología freudiana al darse cuenta de que, de hecho, ese tipo de duelo no da cuenta del duelo en sí mismo. Veamos: Freud, en su conceptualización, privilegió la prueba de realidad y el imperativo del trabajo de duelo (Trauerarbeit). Sin embargo, para Allouch, habría sido más adecuado concebir el duelo desde la cercanía con el trauma en lugar de plantearlo como un trabajo. Esto se debe a que, en la noción de trauma, en particular en el concepto lacaniano de «troumatisme» (de «trou» -agujero- y no «trauma”), resuena de manera más certera la experiencia de la pérdida y la muerte de un ser querido.

El énfasis en el trabajo de duelo, según Allouch, despolitiza y normaliza el proceso, mientras que la cercanía con «troumatisme» permite leer mejor ese «agujero» que deja la pérdida.

A partir de ese momento, Allouch se adentra en un terreno donde el psicoanálisis se cruza con la filosofía y la ética, en donde las sombras del duelo se revelan como un paisaje emocional complejo y conmovedor. El autor francés, al comienzo de su argumento afronta al legado freudiano, concretamente el escrito metapsicológico «Duelo y melancolía». Aquí, en este texto canónico del psicoanálisis, se encuentra la piedra angular de sus reflexiones y crítica.

Según el autor, erróneamente se ha tomado a “Duelo y melancolía” como un tratado sobre el duelo, una interpretación equívoca que ha perdurado en la tradición psicoanalítica, cuando en realidad Freud parte de presupuestos no problematizados sobre el duelo para así abordar la melancolía.

Su propósito es claro desde el principio: cuestionar las estructuras rígidas que han normalizado y medicalizado[2] la experiencia del duelo, reduciéndola a una mera tarea de sustitución del objeto perdido. Así el autor se pregunta: “Si pierdo a un padre, a una madre, a una mujer, a un hombre, a un hijo, a un amigo, ¿voy a poder reemplazar ese objeto? ¿No se relaciona precisamente mi duelo con él en cuanto irreemplazable?” (Allouch, J. 1995:49).

Su crítica objeta también la noción de «trabajo de duelo» y cómo ha derivado hacia esa conceptualización normativa y medicalizada del duelo, reduciéndolo a un «trabajo» orientado a sustituir el objeto perdido, un concepto ajeno al propio Freud y que solo aparece una vez en «Duelo y melancolía».

Allouch señala que “[…] el duelo debe problematizarse no a partir de la sustitución de objeto, sino por el contrario en función del carácter absolutamente único, irreemplazable de todo objeto –era cierto sobre Freud como instaurador de la vía analítica, pero también es cierto para cualquiera– cada uno, cada ser hablante es tan único y por lo tanto irreemplazable como cualquier otro objeto […]” (Allouch, J. 1995:168). La propuesta del autor es que los síntomas y padecimientos de quien ha sufrido una pérdida constituyen justamente la expresión singular de su proceso de duelo. De esta manera, rescata la faceta elaborativa y la orientación ética propias del duelo, en tanto conlleva una reorientación íntima del deseo ante la pérdida.

¿Qué quiere decir esto?

Si el duelo tiene una dimensión ética es en tanto implica un proceso subjetivo de reelaboración deseante con el “objeto perdido”, es decir, que no es un trabajo de sustitución de objeto, sino que conlleva una transformación en el sujeto respecto a su posicionamiento deseante.

Es decir, la pérdida obliga a una «reorientación» del deseo, a repensar y reconfigurar los propios deseos que están en la base del lazo con lo perdido. Y esta reorientación es «ética» puesto que implica ese proceso subjetivo profundo de elaboración frente a la pérdida. Y no se trata de ninguna manera de sustituir un objeto por otro, sino de una modificación del posicionamiento del sujeto respecto al deseo y a la pérdida. Así el duelo se convierte en un acto de exploración ética y de reconfiguración íntima del deseo ante la devastación que produce una pérdida.

El duelo no es simplemente una tarea que debemos llevar a cabo de manera pautada e incluso mecánica para rellenar un vacío, frente a la inexorable realidad de la muerte, sino que es la oportunidad que nos plantea la vida para reconstruirnos de nuevo, plenamente, sin esa parte de nosotros que nunca más volverá. Se convierte así el duelo en una metamorfosis del alma humana, si me permiten la expresión, un sendero fértil y necesario para una aprehensión más profunda de sí. Desde un enfoque comprensivo que reconoce la singularidad de cada experiencia de pérdida surge el duelo como experiencia subjetiva, ética y elaborativa.

El duelo es indomable frente a aquellos discursos que buscan domesticarlo y normalizarlo, pues insiste en el reconocimiento de la pérdida para poder hacer algo con ella, para inscribirla en la propia piel y subjetividad. Todos aquellos intentos disciplinarios discursivos por encasillar el duelo en etapas preestablecidas no pueden dominar la experiencia en sí misma. El duelo se resiste a ser normalizado y expresa su carácter singular e íntimo de elaboración de una ausencia. Reconocer esta indomabilidad del duelo permite entenderlo en su dimensión ética y política.

El duelo es el reconocimiento del otro como otro, es decir, como único e insustituible

Jean- Luc Nancy

Artículo publicado originalmente en: REd-VISTA de UMBRAL, N.º 3 (junio 2024)

 

[1] Allouch, Jean. (2011). Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca. Buenos Aires: El cuenco de plata (Textos y ensayos), primera edición: 1997.

[2] «Medicalización» refiere a la expansión de los sistemas de salud en casi todos los campos de la sociedad moderna y a la creciente dependencia de la población respecto de los servicios proporcionados por los profesionales de la salud e industrias farmacéuticas en: Illich, Iván. (1975). Némesis médica. La expropiación de la salud. Barcelona: Barral.

Negri, M. (2024). El duelo y sus implicaciones. La REd-VISTA de UMBRAL, (3), 23-26. UMBRAL – Red de Asistencia «psi». https://umbral-red.org/wp-content/uploads/2025/09/red_vista_nro_3.pdf 

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