En primer lugar Freud nos enseñó que el descontento sobre el mundo, la queja acerca de los otros -pareja, amigos, hijos, padres, amores, trabajo- deberíamos reconducir a la responsabilidad de cada uno.

Si bien, no somos artífices de lo que nos llega en la vida, lo somos de la interpretación que le demos y de las respuestas que producimos.

Aun más, un malestar sólo puede ser considerado síntoma analítico cuando la demanda de ser liberado de él muta, cambia, se transforma a una apuesta de saber. Empezamos a creer que en ese sufrimiento que parecía sin sentido y sin beneficio alguno hay -aunque nos pese – una significación y una satisfacción que le son íntimas. Y queremos saber más.

La experiencia psicoanalítica consiste en esa búsqueda de saber, y una reconciliación profunda con nosotros mismos. A su vez, permite un espacio de trabajo para suspender las reacciones y analizar qué nos sucede, qué es lo que nos implica y ocurre a fin de poder sentirnos seguros, de no tener miedo y transitar mejor la vida. Pero la promesa de la homeostasis total, de la armonía plena y del bienestar completo, es una falacia, como bien señalaba Lacan.

Finalmente, lo valioso de la experiencia analítica es conocer los límites y amarlos, así como poder perdonarse, ir sin temores hacia el otro y saborear la oportunidad que todos tenemos de ser actores y testigos del tiempo presente.

El final de la experiencia analítica implica que cae el Otro en su consistencia ideal y nos asumimos en nuestra singularidad como sujetos deseantes y como sujetos que tenemos un particular modo de gozar.

El psicoanálisis es una experiencia dialéctica

Jacques Lacan